A menudo oímos decir a los responsables de los bancos centrales que sus decisiones sobre la política de tasas de interés vienen determinadas por el estado de las condiciones económicas que reflejan los indicadores económicos. Los responsables políticos opinan que, para conocer el estado de las condiciones económicas, necesitan la información más reciente sobre algunos datos económicos clave, como el producto interior bruto (PIB). Así, un aumento de la tasa de crecimiento del PIB se considera crecimiento económico. Un debilitamiento de la tasa de crecimiento del PIB aumenta la probabilidad de que los funcionarios bajen la tasa de interés oficial.
Diversos indicadores económicos, incluidos los datos del PIB, son una muestra de datos históricos. La historia, por sí sola, no puede informarnos sobre el estado de una economía. No puede decirnos si los fundamentos de la economía están mejorando o deteriorándose. Según Ludwig von Mises, en Acción Humana,
La historia no puede enseñarnos ninguna regla, principio o ley general. No existe ningún medio para extraer a posteriori de una experiencia histórica teorías o teoremas relativos a la conducta y la política humanas.
De ahí que, para dar sentido a los datos, sea necesaria de antemano una teoría que guíe al analista en la interpretación de los mismos. De hecho, esto es ineludible, incluso para los llamados empiristas y positivistas. En su Philosophical Origins of Austrian Economics, David Gordon escribe que Böhm-Bawerk sostenía que los conceptos empleados en economía deben tener su origen en los hechos de la realidad —es decir, hay que rastrearlos hasta su fuente última. Si no se puede rastrear, el concepto debe rechazarse por carecer de sentido. Una teoría que se basa en la idea de que los seres humanos actúan, consciente y deliberadamente, cumple este criterio.
Que los seres humanos actúan no puede refutarse, pues la negación de las acciones humanas exige una acción. Toda negación requiere una afirmación. Ludwig von Mises denominó a este enfoque praxeología. Esta base permite dar sentido a los datos históricos. Según Rothbard,
Un ejemplo que a Mises le gustaba utilizar en su clase para demostrar la diferencia entre dos formas fundamentales de enfocar el comportamiento humano era observar el comportamiento de la Grand Central Station en hora punta. El conductista «objetivo» o «verdaderamente científico», señalaba, observaría los hechos empíricos: por ejemplo, gente corriendo de un lado a otro, sin rumbo fijo, a ciertas horas predecibles del día. Y eso es todo lo que sabría. Pero el verdadero estudioso de la acción humana partiría del hecho de que todo comportamiento humano es intencionado, y vería que el propósito es ir de casa al tren para ir al trabajo por la mañana, lo contrario por la noche, etc. Es obvio cuál de los dos descubriría y sabría más sobre el comportamiento humano, y por tanto cuál sería el auténtico «científico».
Por lo tanto, un analista que observa los datos sin una teoría no puede explicar los cambios en los datos. Lo único que puede hacer es describir los cambios. De nuevo, sin una teoría, no puede explicar la razón de los cambios en los datos.
Por qué los métodos de las ciencias naturales no son aplicables a la economía
La mayoría de los economistas opinan que la introducción de la metodología de las ciencias naturales en la economía podría suponer un gran avance en nuestra comprensión del mundo económico.
Según Rothbard,
En pocas palabras, esta metodología consiste en observar los hechos, formular hipótesis cada vez más generales para explicar los hechos y, a continuación, poner a prueba estas hipótesis verificando experimentalmente otras deducciones realizadas a partir de ellas. Pero este método sólo es apropiado en las ciencias físicas, donde empezamos por conocer los datos sensoriales externos y luego procedemos a nuestra tarea de intentar encontrar, lo más cerca que podamos, las leyes causales del comportamiento de las entidades que percibimos. No tenemos forma de conocer estas leyes directamente; pero, afortunadamente, podemos verificarlas realizando experimentos de laboratorio controlados para poner a prueba las proposiciones deducidas de ellas. En estos experimentos podemos variar un factor, manteniendo constantes todos los demás factores relevantes. Sin embargo, el proceso de acumulación de conocimientos en física es siempre bastante tenue; y, como ha sucedido, a medida que nos volvemos más y más abstractos, aumenta la posibilidad de que se conciba alguna otra explicación que se ajuste más a los hechos observados y que pueda sustituir entonces a la teoría más antigua.
En el estudio de la acción humana, en cambio, el procedimiento adecuado es el inverso. Aquí comenzamos con los axiomas primarios; sabemos que los hombres son los agentes causales, que las ideas que adoptan por libre albedrío gobiernan sus acciones. Por lo tanto, comenzamos por conocer plenamente los axiomas abstractos, y luego podemos construir sobre ellos por deducción lógica... Además, en los asuntos humanos, la existencia del libre albedrío nos impide llevar a cabo cualquier experimento controlado; porque las ideas y valoraciones de las personas están continuamente sujetas a cambios, y por lo tanto nada puede mantenerse constante. La metodología teórica adecuada en los asuntos humanos es, pues, el método axiomático-deductivo. Las leyes deducidas por este método están más, y no menos, firmemente fundamentadas que las leyes de la física; pues puesto que las causas últimas se conocen directamente como verdaderas, sus consecuentes también lo son.
Aunque un científico puede aislar varias entidades, no conoce las leyes que las rigen. Lo único que puede hacer es formular hipótesis sobre la «verdadera ley» que rige el comportamiento de las distintas entidades identificadas. Nunca puede estar seguro de cuáles son las «verdaderas» leyes de la naturaleza. Las ciencias naturales empíricas apuntan a una probabilidad basada en la observación de los hechos, pero los nuevos datos pueden hacer que se reelabore la teoría. Sin embargo, en economía conocemos las causas porque los seres humanos actúan consciente y deliberadamente. Este conocimiento, a su vez, nos ayuda a comprender el mundo de la economía. Por lo tanto, en economía no suponemos ni adivinamos, sabemos.
El hecho de que los individuos actúen implica que las causas en el mundo de la economía emanan de los seres humanos. Por ejemplo, contrariamente al pensamiento popular, los desembolsos de los individuos en bienes no están causados por la renta real como tal. En su propio y único contexto, cada individuo decide qué cantidad de una renta determinada va a destinar al consumo. Cada individuo evalúa los cambios en la renta en función del conjunto concreto de objetivos que quiere alcanzar.
Ahora bien, según la teoría económica, los individuos asignan una mayor importancia al consumo de bienes en el presente frente al consumo en el futuro. Esta preferencia hacia el consumo presente frente al consumo futuro proviene del hecho de que uno debe consumir en el presente, a cierto nivel. Por lo tanto, el consumo actual tiene una prima sobre el consumo futuro. En esto consiste el interés. Mises sostenía,
Quien quiera vivir para ver el futuro, debe ante todo preocuparse por la conservación de su vida en el período intermedio. La supervivencia y el apaciguamiento de las necesidades vitales son, por tanto, requisitos para la satisfacción de cualquier deseo en un futuro más lejano.
Por lo tanto, la tasa de interés no puede ser negativo. Sin embargo, si observamos tasas de interés negativos, aumenta la probabilidad de que una posible razón para ello sean las políticas monetarias del banco central que distorsionan los tipos de interés del mercado.
Conclusión
Basarse en datos históricos para formarse una opinión sobre el estado de la economía es problemático. Quienes pretenden construir una teoría a partir de la observación y la información histórica pasan por alto el hecho de que ya poseen de antemano una teoría no reconocida para la interpretación de los datos. Los funcionarios de los bancos centrales (o cualquier otra persona) que se basan únicamente en los datos históricos en su política de tasas de interés corren el riesgo de socavar el bienestar de los individuos.