Las remesas —transferencias financieras de los emigrantes a sus países de origen— suelen alabarse como motor del crecimiento económico en los países en desarrollo. Los responsables políticos y las organizaciones internacionales sostienen que las remesas proporcionan una fuente estable de ingresos, reducen la pobreza y estimulan la inversión. Sin embargo, un examen crítico de las pruebas revela que los efectos económicos a largo plazo de las remesas son mucho menos beneficiosos de lo que se suele suponer. Evidentemente, las remesas desincentivan la participación laboral productiva, alimentan el consumo por encima de la inversión y no consiguen generar un crecimiento económico sostenible. Los hallazgos de Lim y Simmons (2015), Azizi et al. (2019), Kim (2007) y Murakami et al. (2020) aportan pruebas convincentes para cuestionar la noción de que las remesas contribuyen significativamente al desarrollo económico.
Uno de los argumentos más significativos en contra de los efectos potenciadores del crecimiento de las remesas es su uso principal para el consumo y no para la inversión. Lim y Simmons (2015), en su estudio sobre la Comunidad y el Mercado Común del Caribe (CARICOM), constatan que las remesas financian en gran medida el consumo personal en lugar de actividades económicas productivas. Aunque las remesas pueden aliviar temporalmente la pobreza al aumentar los ingresos de los hogares, no se traducen necesariamente en una mayor inversión en capital o en desarrollo humano, dos factores cruciales para el crecimiento económico a largo plazo.
Azizi et al. (2019) refuerzan aún más este punto en destacando que las remesas benefician principalmente a los países de renta media mientras que tienen poco o ningún efecto positivo en las economías de renta baja. Argumentan que, en las naciones más pobres, las entradas de remesas no logran estimular la expansión económica debido a los bajos niveles de capital humano que impiden que estos fondos se canalicen hacia inversiones productivas. Sugieren que las naciones más pobres inviertan en educación y formación para que el impacto de las remesas sea beneficioso, ya que el capital humano fomenta la productividad, incentivando así a la gente a trabajar e invertir las remesas.
Las remesas también crean una cultura de dependencia que desincentiva la participación en la población activa, sobre todo entre los hogares receptores. Kim (2007), en un análisis de Jamaica, constata que las remesas desincentivan el empleo, ya que el apoyo financiero externo reduce la necesidad de empleo formal. Esta tendencia es especialmente perjudicial en economías con niveles ya bajos de productividad laboral, pues agrava la escasez de mano de obra y debilita el incentivo para dedicarse a actividades productivas, inhibiendo así la competitividad de la economía.
La observación de Larry Robertson ha confirmado la investigación del Banco Mundial. Robertson, en declaraciones a The Gleaner, describió los retos a los que se enfrentan los empresarios para conseguir trabajadores:
Resultaba difícil conseguir que los jóvenes trabajaran, ya que sencillamente no estaban interesados en incorporarse a la población activa. Y esto se repite en toda la parroquia. Casi todos los empresarios con los que hablé tenían la misma experiencia. Descubrí que, gracias a las remesas que recibían, preferían sentarse a esperar a que llegara ese dinero del extranjero o de cualquier otro lugar de Jamaica, en lugar de ganárselo por sí mismos.
Conclusiones similares se desprenden del estudio de Murakami et al. (2020) sobre Tayikistán, donde los hogares dependientes de las remesas muestran niveles más bajos de oferta de mano de obra. Los autores sostienen que, en lugar de aumentar la productividad económica, las remesas reducen la motivación para buscar empleo o invertir en el desarrollo de competencias, lo que socava el progreso económico a largo plazo. Este efecto desincentivador de la mano de obra debilita la oferta de la economía, creando un ciclo de dependencia que impide a las naciones receptoras lograr un crecimiento autosostenido.
Aunque las remesas suponen un alivio a corto plazo para los hogares receptores, su impacto general en el crecimiento económico sigue siendo cuestionable. Los datos de Lim y Simmons (2015), Azizi et al. (2019), Kim (2007) y Murakami et al. (2020) sugieren que las remesas no fomentan el desarrollo sostenible. Por el contrario, fomentan el consumo por encima de la inversión, desincentivan la participación laboral productiva y contribuyen a distorsiones económicas, como el mal holandés. Los responsables políticos deben reconocer las limitaciones de las remesas como herramienta de desarrollo y dar prioridad a estrategias que promuevan la productividad nacional, el espíritu empresarial y la autosuficiencia. Confiar en las remesas como motor de crecimiento no sólo es erróneo, sino que en última instancia va en detrimento de la prosperidad económica a largo plazo.